miércoles, abril 04, 2007

La Industria del Pavongate

Apenas una semana y algo después de que comenzara el Pavongate, una delegación de enviados oficiales, encabezada por Fernando Rojas, recorrió el país "para darle atención" a los intelectuales de provincia: regañar a aquellos que "se portaron mal", informar(lo que en términos castristas significa tergiversar o cuando menos distorsionar) a aquellos que por diferentes razones no habían recibido el aluvión de emails, y por último medir sobre el terreno hasta qué punto el conato levantisco tenía apoyo entre "las masas".

Conozco ese tipo de expediciones. Son llevadas a cabo por gente de absoluta confianza del régimen(los cuales no siempre son sus esclavos ideológicos, dicho sea de paso), cuando algún asunto realmente serio ocupa las mentes de quienes cortan el bacalao en la isla, es decir, Fidel y Raúl Castro. Ni más ni menos. Y el hecho de que sea Fernando Rojas el capitán de semejante tropa es bastante sintomático. Hombre de línea dura, fidelista convencido e inteligente si los hay, e incluso hombre muy cercano al Gran Timonel Tropical(GTT), a Fernando le han sido encomendadas importantes y delicadas misiones en el campo de batalla cultural(la frase, dedicada a otro personaje, la tomé de un periódico cubano), como fue la neutralización o domesticación, a mediados de los años noventa, de la Asociación Hermanos Saíz(AHS), una organización de escritores y artistas jóvenes que desde finales de los años ochenta había escapado peligrosamente al control de la Unión de Jóvenes Comunistas(UJC) y que propició no pocos actos contestatarios, y no sólo más o menos enmascarados por medio de la ambigüedad de lo artístico, sino plena y descaradamente políticos, al principio inspirados en la Perestroika y luego en unos deseos suicidas de cambio.

Se ha hablado poco sobre la AHS en ese período(esos turbulentos años noventa que en definitiva terminarán por marcar la historia de Cuba en todos los sentidos) y tal vez valdría la pena hacerlo, pero no en este artículo; aquí sólo me interesa señalar, apenas de pasada, el papel que Fernando jugó en le domesticación de la AHS, hasta convertirla en la organización totalmente dócil y adaptada a las necesidades del poder que es hoy día.

Para dar una idea de qué cosa era la AHS en los primeros años noventa, basta con hacer notar que estuvo en un par de ocasiones bajo amenazas de disolución, y que su anunciado congreso nacional fue sucesivamente pospuesto a lo largo de más de diez años y no se realizó sino hasta bien entrada esta década, cuando ya el trabajo estaba hecho y Fernando había sido enviado a cumplir otras misiones... Pero el hecho de que la AHS estuviera bajo amenaza de disolución no da una idea muy clara de nada, me dirán algunos, en un país en que tantos viven bajo una permanente y sutil presión, y algunos, como los disidentes, bajo la explícita intimidación de los represores. De acuerdo, pero hagamos notar que en el caso de una organización como la AHS, potencialmente peligrosa en caso de escapar por completo del control del Estado, amenazas de este tipo (y más si fueron proferidas por quien las profirió: nada menos que el GTT) develan a veces el temor visceral que se le tiene a los intelectuales(jóvenes o viejos), más que la propia prepotencia del régimen y del Susodicho.

La estrategia que usó Fernando Rojas no era sino un remake de lo que ya estaba haciendo con mucho éxito Abel Prieto, primero desde la presidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba(UNEAC) y más tarde desde el Ministerio de Cultura, a saber: el despliegue del paraguas bajo el cual viven ahora la mayoría de los intelectuales cubanos, disfrutando de privilegios negados al resto de los cubanos, como viajar, tener acceso a internet y/o a cuentas de email(algunos), recibir pensiones del Estado en moneda dura(sólo los más encumbrados) y decir ciertas cosas no sólo en sus escritos, obras de teatro o letras de canciones, sino en los entretelones de las tertulias y algún que otro acto oficial, y a veces incluso en publicaciones extranjeras.

Así pues, Fernando Rojas no hizo otra cosa en sus años en la Presidencia de la AHS que extender a los jóvenes, entonces el sector más marginado dentro de la intelectualidad cubana y desde siempre el más inconforme, el sistema de privilegios ya mencionado: algunos viajes al extranjero, muy escasos pero oportunamente repartidos; exiguas becas, otorgadas en beneficio de los llamados proyectos de creación, y hasta gestiones ante el Ministerio del Interior(Seguridad del Estado y afines) para que no fueran a meterse con los más conocidos de esos artistas y escritores, en caso de que fueran pillados diciendo o haciendo cosillas impuras, especialmente los de provincias, esos rincones olvidados donde las dictaduras se ceban y desde donde apenas llegan los alaridos de las víctimas.

Eso sí, en la táctica si fue bastante original. A diferencia de Abel Prieto(anclado en sus despacho muy a su pesar, debido a la importancia de los dos últimos puestos que ha ocupado), Fernando apenas paraba en las oficinas de la AHS en la Habana Vieja. Mochila al hombro, pullover y botas de campaña, anduvo años por los más intrincados rincones del país, compartiendo como uno más la vida medio bohemia de buena parte de los artistas jóvenes. Quería en primer lugar ganarse la confianza de éstos y, mediante ciertas críticas o comentarios muy oportunos acerca de desprestigiados dirigentes o instituciones de la Revolución, granjearse una imagen de librepensador o por lo menos de antidogmático, para poder acercarse al núcleo más duro: aquellos que ya habían completado el camino de ida y vuelta en el espectro político. A ellos no pretendió nunca hacerlos volver, así que nada de intentos de readoctrinamiento; lo que le interesaba a Fernando(y a Fidel Castro, que fue quien lo colocó allí) no era otra cosa que neutralizar, acallar o contentar.

Pues bien, a este mismo Fernando fue a quien enviaron a provincias al frente de la mencionada comitiva. La política cultura apenas esbozada por Armando Hart, plenamente desarrollada por Abel Prieto y llevada hasta el límite por gente como Fernando Rojas, no podía fallarle al GTT en un momento como éste. Apenas un par de meses después del Pavongate, ya podemos decir que la palabra de orden es, otra vez, neutralizar, esto es: plata o plomo. Plata para quienes se alinean con la oficialidad o no se meten en nada; plomo para el resto.

La plata en este caso son unos viajecitos a Venezuela o/y a Bolivia, entra otras menudencias. Conozco a algunos que, gracias a sólo un simple comentario combativo contra “los de allá”(los del exilio), proferido en una de las reuniones con Fernando Rojas, ya se han montado un par veces en el avión. No está mal, lo reconozco. A disfrutar del socialismo del Siglo XXI, pues! A esto un amigo allá en Cuba le llama La Industria del Pavongate.

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1 comentario:

Jesus Laó dijo...

Estimado Arzola: Te envío esto para que lo comentes con tu sagacidad y agudeza.
Un abrazo,
Jesús

La Mesa redonda: “De eso no se habla”

Por Jesús Laó

En una de esas sistemáticas encuestas que el Instituto de radio y TV realiza en Cuba para tomar el pulso a las preferencias de sus muchísimos televidentes (pese a las antenas clandestinas, que a la verdad trasmiten unos “paquetes”, en todos los sentidos, mucho peores), un programa ha brotado de todas las respuestas cuando se habla de lo que no se quiere ver: la Mesa redonda.
Esto no es noticia, sino lo que viene: cuando las muchachas que protagonizan la encuesta reciben la categórica afirmación, ellas, con caras de “yo no fui” (o mejor: de “yo no tengo la culpa”) responden entre afligidas y cumplidoras de una “misión del partido” (casi lo es): “Pero no, compañero, eso no es así, se trata de un programa instructivo, necesario, blablabla, o sea: no se va a cambiar”, y si algún ingenuo o tenaz (como la madre de un compañero de estudio) insiste: “ay, m´ijita, ¿pero hasta los domingos”, las no menos pertinaces encuestadoras alegan: “Pero claro que sí, nunca es suficiente, y pasemos a otro tema: de eso no se habla”.
La Mesa Redonda fue un espacio que, de modo coyuntural surgió en el canal principal de la TV cubana (Cubavisión) hace aproximadamente ocho años, a raiz de los sucesos con el niño Elián González, que comenzaron en noviembre de 1999. Entonces era interesante porque salían las polémicas ( muchas veces, los “chanchullos” en Miami, conversaciones con abogados relacionados con el caso, etc). Y como todos aquí queríamos el regreso del pequeño a su padre, el espacio fue una suerte de “voz nacional”, de enlace entre un generalizado sentimiento humano y patriótico.
Lo que ha venido después (porque el programa, por decisiones “superiores”, claro, llegó para quedarse) es lo que resulta sencillamente intolerable.
Programas de este corte, se sabe, hay en todo el mundo, pero en todo el mundo son como tienen que ser: individuos representantes de diversos grupos de opinión de cualquier corte (político, económico, cultural, etc) disienten y por tanto discuten, y los televidentes participan muchas veces también desde sus casas y claro, disienten y discuten.
En todas partes menos en Cuba, se entiende, donde este programa que supera en aburrimiento, grisura, monotonía y “pensamiento único” a los peores de la Unión Soviética cuando existía, opera “por adición”: el mismo criterio compartido, repartido, dicho una y otra vez (de los buenos discípulos ya se sabe de quién, quien, valga la redundancia, cuando la cogía con ir no salía del set), sin siquiera, no ya otro divergente (impensable entre nos) sino con algún leve matiz diferenciador.
La cuestión es más o menos así: “como decía Fulano...”, “Yo quisiera agregar a lo que afirmaba Mengano...”, mientras si hay algún entrevistado desde cualquier otro lado del planeta, como en una telepatía digna de los mejores relatos científicos, repite casi exactamente lo que ya nos han dicho Fulano, Mengano y Esperancejo.
Y fíjense que para nada estoy hablando de política; aunque casi siempre es ésta la materia que se trata, si el tema es deportivo, cultural, etc, el método es lo mismo: suma, suma, suma...jamás contraste, oposición (mala palabra, ya sabemos), mera diversidad. Y también en cualquier terreno, lo mismo: el resto del mundo es el caos, el derrumbe, lo mal hecho, mientras Cuba (según la Mesa redonda) es, sin más ni menos, el paraíso terrenal.
Randy Alonso, el conductor, es la anti-comunicación en persona; no se trata de su inescamoteable fealdad (se sabe que no hay que tener una bella imagen para sí tener una imagen adecuadamente televisual, grata a la vista y la recepción) sino de su voz monocorde y carente de matices, características que reviste su “moderación” siempre moderada y modesta.
La periodista encargada de “rastrear” Internet, faltaba más, lo hace siempre en sitios y artículos que de un modo u otro, calcen lo que dice el panel, por llamarle de algún modo a este grupito de repetidores y sofistas.
La dirección para TV es tan sombría y vieja como la misma concepción del programa: planos medios alargadísimos, alternancias entre reportajes y la conversación en el estudio, en un set que simula una inmensa catacumba o alguna nueva versión del Titanic, por supuesto, tras la hecatombe.
No hay mucho más que decir, de cualquier modo las encuestadoras tienen razón: habrá Mesa redonda para rato, pero me gustaría terminar con un chiste del inolvidable humorista y escritor de costumbres Enrique Núñez Rodríguz, cuyo comprometimiento con el régimen no le impedía ser ingenioso y chispeante.
Dicen que, ya moribundo, le preguntó a alguien cercano:
_ “?Cómo se dice “Mesa Redonda” en inglés?
Y ante el silencio del interlocutor, agregó malicioso:
- “Insopor-table”





Nota:
1- “table”: “mesa”, en inglés.